viernes, 6 de octubre de 2017

Entrevista: Pedro Andreu

¡Hola bonitos! Esta semana tenemos el honor de contar con una entrevista *vítores y confeti*
En esta ocasión hemos entrevistado a Pedro Andreu autor de El secadero de iguanas entre otros títulos. Nos hace especial ilusión porque la editorial Frida Ediciones (  ahora con nuevo nombre: Mueve tu lengua) nos envió su libro y la lectura ha sido simplemente un torbellino de emociones. ¡Por cierto! Si queréis echar un vistazo a la reseña que hicimos de El secadero de iguanas la dejamos por aquí. Y ahora sin más dilación...

¡Vamos allá!



Antes de empezar con el asunto, vamos a presentar a nuestro invitado:





Nació en Palma en 1976 y es autor de 7 poemarios. Ha colaborado con relatos, poemas y reseñas literarias en diversas revistas españolas e hispanoamericanas. Además, ha publicado 2 novelas: El secadero de Iguanas (I premio internacional de Novela Fantástica 2010 en Vitoria) y su recién estrenada novela Dátrebil.

" Tengo un alma nómada, ridícula...y un corazón mordido de palabras." 





Para ir calentando motores, ¿Cuál fue la chispa que te dio para empezar a escribir?


La chispa prendió a los doce años, cuando nos desahuciaron del piso en el que vivíamos de alquiler una representante de aspiradores, un profesor de autoescuela y cinco hijos. Nos fuimos de la ciudad a un terreno en el campo donde mi padre construyó con sus manos una pequeña casa ilegal. Vivimos allí durante años, sin estar enganchados a la luz eléctrica. Como no podía ver la tele y en esa época no existían Internet ni los móviles (parezco el abuelo cebolleta), y como había dejado a mis amigos de entonces en la ciudad, el aburrimiento y la soledad me lanzaron de bruces contra la biblioteca de mis padres. En pocos meses la devoré entera a la luz de un quinqué, o en mi cuarto alumbrándome con una linterna. Sobre todo novelas. 

¿Y en cuánto a poesía?

Cuando cayó en mis manos la poesía de Lorca. Sus poemarios descolocaron algo por dentro de mí que ya no pudo enderezarse nunca. Cayeron los clásicos, luego todo el 27, después los autores de los cincuenta, los novísimos, los de los ochenta... Los poemas se convirtieron en la mayor pasión de mi vida durante la adolescencia y empecé a tratar de expresar mis sentimientos –todo el daño y amor que la existencia me provocaba– sobre una página en blanco. Y no he parado de hacerlo desde entonces. Es una droga, un vicio del que no puedo ni me quiero quitar.


Todo autor tiene influencias literarias que le han llegado a marcar un estilo, ¿cuál crees que ha sido la tuya?

Demasiadas. Soy muy ecléctico en mis gustos e influencias. La lista es interminable, sobre todo de autores españoles, hispanoamericanos, portugueses, ingleses y norteamericanos, aunque haya de otras lenguas, incluso poetas de la Grecia y Roma clásicas. Y de todos los géneros. Me encanta la hibridación, como se puede apreciar, sobre todo, en mis dos novelas: El secadero de iguanas y Dátrebil. Aquí va un pequeño listado de algunas de esas influencias: Auster, Saramago, Valle-Inclán, Safo, Bolaño, Murakami, Carver, Atxaga, Tolkien, Mary Shelley,  Amalia Bautista, Heminway, Lovecraft, Anne Sexton... Además están las influencias de otras disciplinas, como la música, el cine o las series televisivas, que se me van acentuando con los años, a medida que mis obras van cobrando una dimensión más postmoderna y hostil que gusta cada vez más de la cultura popular y de un estilo entre descarnado y virginal, pero siempre directo.

¿Nos podrías confesar algún autor/a que le tengas predilección? ¿Y una obra?
Cambian año tras año, mis predilecciones literarias son volubles, soy literariamente muy inestable, como la nitroglicerina. Me marcaron con fuerza muchos libros a lo largo de mi vida: El amor en los tiempos del cólera, de Gabo; Las personas del verbo, de Biedma; Sobre héroes y tumbas de Sabato; Poeta en Nueva York, de Lorca; la poesía completa de Pizarnik; El país de las últimas cosas de Auster; Crónicas Marcianas, de Bradbury; Solaris, de Stanislav Lem... En los últimos años, sin duda, dos autores en narrativa: Houellebecq (Las partículas elementales, Plataforma) y Bolaño (Los detectives salvajes y 2666). En poesía, el año pasado leí un libro arriesgado, atmosférico y único que me dejó fascinado: Ovnis en la noche americana, de Roberto R. Antúnez, publicado en La Penúltima Editorial.

Actualmente la poesía parece estar en auge, el impulso de jóvenes poetas con ganas de expresar al mundo sus desdichas, reivindicaciones… ¿Qué piensas de ello?

Me parece cojonudo y fascinante que haya tanta gente joven y no tan joven escribiendo poesía y compartiéndola en redes sociales, blogs, bares, teatros... A pesar de ello, no niego su cruz: la ardua tarea de tener que cribar entre tanto diario adolescente pseudoliterario hasta poder encontrar todas las joyas que oculta la arena. Muchos de los poemas que ahora "triunfan" son intercambiables y están plagados de tópicos (nada que no se cure leyendo mucho y escribiendo más). Sin embargo, entre ese océano poco interesante, encontramos islas, hasta archipiélagos de verdadero talento y voces bien diferenciadas que prometen mucho, como Nerea Delgado o John Oliver, por poner dos ejemplos de poetas jóvenes entre muchos más.

¿Cómo fueron tus inicios como poeta?

Cuando yo empecé a escribir poemas era cosa de bichos raros, tenías que esconderte, como si fuera algo ilegal y obsceno, como si fuese a entrar en cualquier momento la policía en casa y a exhibirte por las plazas en una jaula como un monstruo de feria, para que todos se mofasen de ti. Y esa sensación de estar conspirando contra el mundo y al tiempo ser una criatura ridícula y desnuda y solitaria y herida, de quince, dieciséis, diecisiete años, tiene su aquel, no lo niego.

¿Consideras que las pequeñas editoriales que le dan frescura están ayudando?
Hay que aplaudir su coraje y el riesgo que emprenden en su aventura. Han roto el reparto del pastel entre los grandes grupos editoriales. Van sumando su granito de arena y haciendo más diverso el panorama poético: muchas arriesgan por autores nuevos y nuevas poéticas. Y algunas incluso han logrado estar tan bien expuestas en las grandes cadenas y en librerías de barrio como las obras narrativas. Y hasta competir con ellas en ventas. Algo impensable hace tan solo unos años.

Nos sorprende que siendo un autor de poesía decidieras zambullirte a escribir novela, ¿Por qué?

Empecé con la narrativa por necesidad de ser otros, de vivir otras vidas, de imaginar otros mundos. De decir otras cosas, de ensayar nuevas voces y registros. Aburrimiento de uno mismo, qué se yo. También el reto que suponía una narración larga para alguien acostumbrado a los fogonazos del poema.

¿Con cuál te sientes más cómodo?

Escribiendo poesía. Me gustan las distancias cortas, las palabras que cortan. Y eso son para mí los poemas. No puedo vivir sin ella. Esto es así, una necesidad fisiológica más, como respirar, comer o follar. Los poemas te ladran por dentro hasta que los dejas salir sin correa. La novela, en cambio, es otra cosa, es otro territorio discursivamente distinto. Un proceso más artificial, un reto. Pero que me pone mucho. Requiere de una disciplina férrea, de una constancia y una fe ciega en ti mismo, en tu capacidad de crear un mundo desde la nada, sin ayuda de nadie. Horas y horas frente a una pantalla para volcar lo que antes has ido trabajando en tu cabeza: trama, personajes, ambientación, perspectiva narrativa, atmósfera, ritmo, tiempo, espacio... Y hay que hilarlo todo con precisión y corregir una y otra vez sin descanso. Resumiendo, ambas, poesía y novela, tienen su encanto, su morbo. No sabría quedarme con una o con otra. Pero me es mucho más sencillo escribir un poemario. A pesar de ello, quizás las dos novelas que he escrito sean hasta el momento lo mejor de toda mi producción.

Adentrándonos en la novela, es curiosa la forma tan directa y natural que tratas temas algo tabú en la sociedad como es el sexo. ¿Qué opinión te merece la gente que se abruma cuando lee algo así?

No me gusta opinar de la gente, y menos así, en abstracto, eso lleva a totalitarismos y pensamiento rígido. Cada cual es libre de abrumarse con lo que le dé la gana. El mundo está lleno de mojigatos, de la mansedumbre de lo políticamente correcto, de cazas de brujas. Lo cierto es que mis dos novelas, crudas y poéticas a un tiempo, exigían no esconder ese aspecto de la vida de sus personajes. El sexo era una parte importante en la configuración de su carácter, de sus motivaciones, con su parte iniciática, su luminosidad enamorada y también sus miedos, sus ruindades y su manchada piel obscena. Además, por ejemplo, las series televisivas que hoy todos consumimos están repletas de dureza y también sexo. Y nadie se escandaliza. Parece, sin embargo, que muchos de esos mismos creen que la literatura es algo sagrado y desligado de la carne. Nada más falso que ello: la literatura es vida, y la vida está hecha de contrastes y claroscuros y sexo, mucho sexo. Escribir obviándolo es querer vendarse los ojos.

Algo que como lectores nos ha dejado en shock fue la forma de terminar El secadero de iguanas, ¿era necesario dejarnos así? ¿Pensaste cambiar el final o tenías claro que tenía que acabar de esta forma?


Era preciso dejaros así: golpeados por el relato. Cuando escribí la última frase de la novela, me faltaba la respiración. Quería que el futuro lector se sintiera igual. Había entonces dos posibilidades: 1) Continuar diez, doce páginas más, hasta que todo ese universo del secadero se fuera enfriando, dejara de quemar, se desinflara lentamente, cerrara la historia. 2) Parar de escribir de inmediato: dejar la historia allí, quemando para siempre, ardiendo eternamente cada vez que alguien leyera el libro. Me decidí por la segunda opción: un final abierto, que el lector sacara sus propias conclusiones, que imaginara los matices de su propio final, que temblara en el último párrafo, que sintiera el desasosiego de estar vivo y cagarla.

¿Qué opinan los lectores sobre el final?

Soy consciente de que muchos quieren partirme la cara cuando terminan de leer El secadero de iguanas. Algunos amigos me han dicho: Qué hijo de puta, pero cómo sigue todo. Otros me piden una continuación, una segunda parte, incluso una trilogía. No sé, no creo que nunca vuelva sobre esta historia. Me gusta así, como pequeña rareza de 300 páginas gritando en medio de la nada. Pero nunca se sabe.

¿Cómo te sientes al saber que El secadero de iguanas atraviesa el papel y va a la gran pantalla?

Es algo difícil de describir. Un chute de felicidad, de ilusión. Acaba de rodarse hace apenas una semana y los primeros fotogramas que he visto prometen mucho, reflejan a la perfección la atmósfera de la novela. Estoy ansioso de que terminen el montaje y poder ver la película. Es casi magia que algo que empecé a escribir en soledad delante de un portátil vaya a estrenarse en la gran pantalla. Tengo mucha curiosidad por ver a los actores metiéndose en la piel de mis personajes. No me lo creo todavía. Tras todo el trabajo de adaptación de la historia, las múltiples revisiones del guión junto al director, es una satisfacción enorme que ya sea una realidad.

Analizando la situación del país a nivel lector, ¿Cómo ves el panorama lector entre la juventud? ¿Crees que cuesta más sorprenderlos ahora que tienen tanta información a mano?


Creo que factores como la explosión de la poesía durante estos últimos años ha calado hondo entre el público lector más joven, cosa que me parece formidable. Y no creo que cueste más o menos sorprenderles. Tampoco busco eso en la literatura: busco emocionar, tener un efecto catártico en los lectores, invitar a replantearse las cosas, a despertar criterio propio, a empatizar con los otros y abrirse a otras formas de entender la realidad. Lo mismo que yo espero al sumergirme en un libro.

Vamos a hablar de futuro, ¿Qué proyectos tienes en marcha?

Acabo de dar por cerrados dos poemarios inéditos en los que llevaba trabajando sin prisa desde hace unos años y mi idea es publicarlos en 2018 y 2019 respectivamente. También he terminado un guión piloto, para la idea que tengo en mente de una miniserie de seis capítulos, que estoy empezando a mover por el difícil mundo de las productoras de cine y TV. Tengo unas ganas bestiales de ponerme a escribir una nueva novela de la que ya he ido tomando notas y escribiendo algunos bosquejos de personajes y tramas, pero entre mi curro, estudios, familia, pareja, amigos y demás historias, creo que me contendré y no empezaré a escribirla en serio hasta el próximo verano. Así que, de momento, de promoción con mi segunda novela, Dátrebil.

Para acabar, animando a esos tímidos escritores que no saben si dar el paso ¿Qué consejo les darías?

No seguir ningún consejo. Ni siquiera este. Acostumbrarse al hambre. Vivir a la intemperie.


¡Hasta aquí la entrada de la semana!¡Muchísimas gracias a Pedro Andreu por concedernos la entrevista! Estamos muy agradecidas por dedicarnos su tiempo y compartir con nosotras su visión literaria del mundo ( y sobre todo su mundo).

Volvemos la semana que viene con más literatura viva :)













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